LA MADRE QUE ESCUPÍA AL CIELO

En mi tierra hay un dicho muy usado con referencia a la soberbia, y que es ”quen ó ceo cospe, na cara lle cae” (ahora mirando en google veo que es generalizado al resto de la península: quien escupe al cielo, en la cara le cae)…

 

Soy una madre millenium, de  la época del cuestionamiento eterno. Cuestiono constantemente mi propia crianza  poniendo en duda la forma en la que me  cuidaron mis padres… y a menudo me he creído más consciente y más capacitada que ellos, solamente porque tenía mucha información sobre psicología infantil a mi alcance.

 

Madre millenium:

La información da criterios y bases para asentar nuestras acciones, nos da seguridady esto puede indicar que lo vamos a hacer mejor, porque estamos convencidos de que sabemos lo que hacemos. La generación millenium llevamos grabada en la frente la creencia de  que los libros y maestros enseñan sobre la vida, y la escuela es el único lugar donde se aprende, así que es lógico que tendamos a considerar la información especializada como la más creíble y acertada, y por lo tanto nos basemos en ella para dar lo mejor a nuestros hijos…como han hecho todos los padres durante todas las generaciones.

A lo largo de la historia padres y madres han buscado lo mejor para sus hijos y han criado bajo esta premisa según lo que era bueno en cada tiempo, cultura  y momento vital….

Ya luego es  la propia vida  la que se encarga  de hacer que nos traguemos algunas o muchas de nuestras  palabras y creencias, regalando el derecho de dejar espacio a la humildad y permitirse cambiar de opinión .…sin más.

¡Enhorabuena! Ahora escupe el bocado y di: ¡Que suerte que no tenía razón!.

Yo vivo de dar consejos, hablar con labia  y creer que entiendo  el mundo. Me veo capaz de  pronosticar, pero eso no quiere decir que en el fondo sea capaz de hacerlo, más bien lo que ocurre es que  soy capaz de creerme capaz de hacerlo y  ponerme a prueba, entonces por simple probabilidad a veces las cosas salen como yo pensaba, sencillamente porque he posibilitado el espacio para experimentar otras cosas que pueden ser también.

Esta capacidad de creerme en mis ideas y probar a ver si estoy en lo cierto me hace ver que me equivoco más veces que acierto. Los aciertos me dan seguridad en lo que hago y las cagadas me traen la frase de mis abuelos “quen ó ceo cospe na cara lle cae”

Y es que por mucho que pretenda saber,  tengo treinta y dos  años de vida como hija y ocho como madre; lo que significa que llevo cuatro veces más tiempo siendo hija de mi madre que madre de mi hijos, y esto me da la certeza de que soy más sabia como hija que como madre, así que me permito usar lo que soy y tengo pulido para aquello que estoy empezando a ser, madre.

 

Otras épocas…otros valores

A diferencia de la época de mi crianza, donde se buscaba que los hijos creciesen altos y fuertes como el de zumosol y nos daban petitsuis de dos en dos, hoy queremos que nuestros hijos crezcan emocionalmente sanos por si el primo de zumosol les hace bullying en la escuela

… y es legítimo…sabemos que la violencia y el abuso duelen mucho…tanto que no se olvida y es una marca que se lleva dentro, latente….

Y no se olvida porque no se tiene que olvidar lo que para cada uno es injusto y doloroso, trayéndonos a la mente a la mente una frase básica: “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. A veces, vivir esas experiencias hace que uno sepa lo que no quiere que le vuelvan a hacer y el significado que puede tener para los demás ser tratado de la misma forma. Esto se llama empatía, y la empatía se desarrolla sintiéndote identificado con la otra persona, algo que se consigue en mayor medida cuando has vivido lo mismo (una madre entiende a otra porque lo ha sido, no porque tenga un don natural hacia la maternidad, por poner un ejemplo simple)

Vivir situaciones chungas en la vida nos enseña que es lo que no queremos, ni para nosotros ni para nadie, y esto es un paso muy grande hacia los valores que moverán nuestras decisiones y acciones.

La obsesión actual por trabajar la inteligencia emocional de un niño parte de una base lógica: el mundo nos va a poner a prueba y tendremos que saltar obstáculos, es bueno saber gestionarse en ese momento. La única pega que le pongo a esta forma de trabajar hoy la emocionalidad de los niños es que no nos garantiza que vaya a cumplir ese propósito en mayor medida que lo hacía el formato de nuestros padres, que trabajaban la inteligencia emocional de sus hijos haciéndoles superar los obstáculos con alguna que otra colleja, zapatillas voladoras, castigos varios y frecuentes “no molestes y vete a jugar por ahí”

Padres de hoy actuamos como justicieros emocionales , que es un término que me he inventado para  nombrar nuestra necesidad actual de sentir que nuestros hijos merecen un trato justo y no abusivo, acotando lo que es justo y no abusivo a una forma de proceder concreta que implica ser capaces de transmitir a un niño las cosas adaptándolas a su edad, a sus necesidades, a su forma de ser, a sus dones… y un sinfín de movidas que requieren  muuuuuuuchhaaaa paciencia y muuuuchas ganas de estudiar a la otra persona y experimentar con ella; y lo más curioso es que los padres deben aprender a desarrollar su paciencia  en el contexto social más impaciente de todos los tiempos (que yo recuerdo)…todo un reto, teniendo en cuenta además que hemos sido la primera generación con presión temporal: haces el examen en una hora, a las 12 acabas este ejercicio, tienes que llegar a este nivel académico antes de que acabe el curso, en un trimestre resolver lo que has liado en los anteriores meses…y un sinfín de etc…

Los padres jóvenes de hoy, hemos sentido como hijos (rol que hemos tenido toda nuestra vida), que  cuando  nos  dicen las cosas de mala manera , nos insultan o nos pegan , no están consiguiendo lo que buscan de nosotros, todo lo contrario…¡Cuántos no nos hemos jurado y perjurado: yo no voy a ser así como mis hijos!. Y ahí está la primera decisión moral, no voy a tratar a mis hijos como me trataron a mi.

Y es que uno sabe lo que no quería para sí mismo en ese momento, pero saber lo que no quieren nuestros hijos o les va a afectar realmente es casi imposible, porque para ello debemos tener dones telequinésicos y estudiar su pensamiento, pudiendo así adoptar una respuesta que encaje en su temperamento. A estas alturas de mi maternidad no creo que existan formas de proceder concretas que generen un apego “seguro segurísimo ”, un autoestima alto y una independencia eterna. Para mi la forma en que un hijo está apegado a su madre y padre  varía según los momentos vitales de la familia  y es prácticamente imposible que en algún momento de su vida tu hijo no vea tocada su autoestima o que se vuelva dependiente.

 

¿Acaso tenemos miedo de que sean como nosotros?

Tengo la sensación de que todo padre y madre pretendemos que  nuestros hijos sean mejores que nosotros, y para ello les evitamos a toda costa aquello más “jodido” que hemos vivido en nuestra infancia, y que para la generación millenium no era “hambre ni carencias físicas”. Partimos de una premisa clara: “quiero hacerlo diferente a mis padres porque como soy no me gusta  y soy como me han educado”. Pero padres y madres de este mundo, personas de este mundo: ¡No sólo somos como nos han educado, somos como nos hemos educado a nosotros mismos, como hemos visto, como hemos sentido, como hemos aceptado, como nos hemos ilusionado. No somos un mero producto de una educación, no somos solamente lo que nuestros padres y educadores  hicieron de nosotros, somos lo que somos, somos mucho más!.

Lo que les mostramos  a nuestros hijos es “lo que tu eres ahora y serás en un futuro depende exclusivamente de como seas educado, criado y tratado”, y puede parecer lógico en cierta medida,  pero dónde queda la oportunidad de que uno se haga responsable de sí mismo y se sienta dueño de sí mismo y sus decisiones,  donde está el espacio para que el niño entienda: “lo que tú eres ahora y serás en un futuro depende solamente de ti”

 

Yo madre lucho conmigo hija.

Cada vez que me dejo llevar por una recomendación que choca de frente con lo que mis padres hacían conmigo, y estoy a punto de justificar mis “mierdas, mis agobios y mis límites con una crianza que no sacó todo mi potencial”, pruebo a cerrar los ojos y pensar en mi, de pequeña:

…Y recuerdo plazas y parques llenos de niños corriendo sin mayor vigilancia que una madre asomando la cabeza por la ventana para avisarnos de la cena. Recuerdo una superLoli haciendo trajes de carnaval hasta las mil de la noche y poniendo un árbol de navidad lleno de barriguitas. Recuerdo a mi madre bailando la canción de “escándalo” como Rafael y a mi prima partiéndose de la risa. Recuerdo hogueras de San Juan llenas de humo, sardinas y niños escondidos entre la hierba…Recuerdo a mi abuelo, llevándome a ver las vacas en caballito y a mi abuela, ordeñando y molestándose porque la vaca le daba coletazos con el rabo.

 …Recuerdo los caramelos de abuelos que observaban desde sus bancos, sintiéndonos nietos a todos, sintiéndonos sus niños, y con la seguridad de que podían dar lecciones y educar, por haber vivido y formar parte del entorno. Recuerdo que en  mi época con las señoras y señores mayores no se discutía, aunque no entendiésemos sus palabras o las viésemos un boicot a nuestros planes aventureros…

…Recuerdo una madre a menudo estresada, me imagino que porque estaba aprendiendo a gestionarse entre niños, pareja, casa, trabajo, pueblo, vida en general… Yo no la entendía, ahora que llevo siete años como madre, empiezo a verlo: Creo que ocurría ni más ni menos lo que ocurre ahora, pero con una diferencia básica: La tolerancia hacia las emociones de los adultos era mayor…(y ahora es cuando digo que esto es la verdadera inteligencia emocional, entender las emociones de los demás, sean más o menos chungas). No se veía tan ilógico que una madre o un padre se dedicasen a lanzar zapatillas voladoras cuando les salía humo por las orejas…era una vía de escape

Existía el derecho maternal y paternal  a cansarse, a no poder más y a buscar recursos para liberar… con todo lo que ello suponía para los hijos: “Todavía hoy me recuerdo  corriendo delante de una escoba que me perseguía por el pasillo y una madre detrás, agarrándola, con la cara desencajada, como si no comprendiese porque la escoba se sentía atraída hacia mí. Se me viene a la mente esa risa nerviosa que me producía la adrenalina durante mi carrera por el pasillo en dirección al baño. ¡Cuánto merecía la pena esa carrera: llegar a la meta, cerrar la puerta y poner el pestillo. Aguantar un buen rato dentro, descubriendo colonias que no había visto hasta el momento, oliendo y haciendo tiempo mientras las cosas se calmaban fuera! Me descubro apestando a multicolonia, escuchando sigilosamente tras la puerta para valorar la situación del exterior; usando todas las motricidades, desde la más gruesa a la más fina, para abrir sin ser escuchada y barajar la dirección más segura para el siguiente trayecto. Mientras mi madre me observaba sigilosamente con una cara de arrepentimiento, ternura y “anda ven, que te hago algo de comer, pero no vuelvas a hacerlo”.

 

Para mi, los enfados de mis padres era a menudo una aventura, más que un trauma … En la misma medida que lo eran los conflictos en la escuela, donde una bronca “injusta” de una profesora terminaba  con la mirada de complicidad de algún compañero, una mirada de esas que dicen: ¡Ánimo, yo te entiendo. Hoy te ha tocado a ti aguantar la mala leche de la profe! Estas fueron mis verdaderas clases de inteligencia emocional, de descubrir la  empatía… la conexión.

Y es lo que había….

Cuando yo era niña no se ponía en duda la faceta “cuidadora” de una madre y padre cuando nos miraban con pachorra al escuchar de nuestras bocas: “mamá, papá, me aburro”  y nos respondían con tono irónico: “pues cómprate un burro”…. Todo el mundo daba por supuesto que de ese tiempo de tedio nacerían juegos, entretenimientos y pasiones (e incluso en algún caso de este dicho salieron futuros ganaderos, veterinarios y miembros de alguna asociación protectora de burros) ).

Con cada frase que me invitaba a “buscarme la vida y no molestar” empecé  a pintar, a correr, a montarme bailes y a jugar a hacer potajes con plantas y tierra.

Y es que si de algo estoy segura es de que pocos o ningún niño mide  a su madre en base a cómo entienda sus potenciales y cómo lo estimule a través de actividades y juegos Montessori. (que me perdonen todos los monstessorianos, no es nada personal, es un ejemplo)

 

El respeto que se merecen nuestros padres y abuelos

Los abuelos saben más de la vida que nosotros, y lo digo con toda mi soberbia.

Sus refranes hablan del mundo y de experiencias repetidas que una y otra vez  se encargan de corroborar lo expresado. Saben más sobre amor, sobre alegría, sobre tristeza, sobre pérdidas, sobre penurias… Han vivido más, y han tenido tiempo de experimentar las situaciones en sí mismos y los demás, a lo largo de toda una vida. Lo que se conoce actualmente como “estudio longitudinal”.

Inevitablemente saben más sobre cuestiones evolutivas, porque han vivido muchos periodos vitales…

Nosotros, más jóvenes, sabemos hablar con vocabulario que “suena a culto”, para marcar la distancia. Suena al latín de las misas de antaño, donde era importante que los que “sabían menos” no entendieran ni papa, no fuese a ser que sintiesen el derecho a creer que lo que sabían también era cultura.

Nuestros abuelos no pretendían demostrar que sabían, ni dar lecciones de vida más allá que a sus propios hijos y vecinos. Algunos daban más consejos que otros, o se permitían opinar y pronosticar el futuro: “coidado que vas caír, filliño”. Y efectivamente, cuando una abuela gallega te decía que estabas a punto de caerte pues te caías y punto. Era una  cuestión de  fidelidad hacia las abuelas, para que no quedaran mal, y no tanto por una cuestión del terreno o incapacidad motora.  Es la forma que teníamos para honrar su experiencia.

Ahora un abuelo te dice que vas a caer, y creemos que nos limita.

 

Aunque los tiempos cambien…

Está claro que nuestros abuelos vivían en otra época y probablemente estemos más preparados para movernos en el futuro nosotros que ellos, porque somos sujetos activos en el rumbo que está tomando el mundo, como ellos lo fueron en su momento.

 Lo que los abuelos ven, proviene de otras gafas creadas en otros tiempos y otras vivencias que son el peldaño anterior a las actuales, y para la crianza, es lo mismo.

Las gentes siempre han sido gentes y los dilemas de hoy no se diferencian mucho de los de antaño. No pensemos que estamos más cerca de entendernos a nosotros, a nuestros hijos y al ser humano en general que ellos. No pensemos que somos más cultos, ni tengamos un grado de conciencia mayor.

Recibir los consejos y tolerarlos es nuestro trabajo, para entender lo que somos y de dónde venimos, para aprender en la humildad y no escupir al cielo, no sea que nos llueva en la cabeza.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *